Las violencias sufridas por las mujeres, especialmente la ejercida por la pareja, tienen consecuencias profundas y duraderas en su salud y en su vida en general. No se trata solo de daños físicos visibles, sino de un impacto integral que afecta a la salud física, psicológica, sexual, reproductiva y social, empeorando significativamente su calidad de vida y su bienestar. Muchas de estas secuelas permanecen incluso cuando las violencias has cesado, lo que demuestra que el daño no desaparece automáticamente.
Las consecuencias psicológicas son, en muchos casos, graves y persistentes. Vivir bajo miedo constante y en una situación de amenaza permanente genera un estrés crónico que altera el equilibrio emocional y mental de las mujeres. Este sufrimiento continuado se traduce en ansiedad, depresión, dolor crónico y una peor percepción de su propio estado de salud. Además, numerosos problemas de salud física y mental, por los que las mujeres acuden a los servicios sanitarios, tienen su origen en la violencia vivida, aunque muchas veces esta correlación no es reconocida por los profesionales y tampoco por las propias víctimas.
Cuando el sistema sanitario responde únicamente tratando los síntomas, sin abordar la raíz del problema ni ayudar a la mujer a identificar la relación entre su malestar y la violencia sufrida, se favorece la medicalización excesiva, la cronificación de los problemas y la yatrogenia. Esto no solo resulta ineficaz, sino que prolonga el sufrimiento y genera un alto coste personal y social, mientras un abordaje con perspectiva de género permite comprender mejor la situación, fortalecer los recursos internos de las mujeres y mejorar su capacidad de respuesta y recuperación.
El impacto del estrés sostenido provocado por la violencia también tiene una base biológica. La activación crónica de los sistemas de respuesta al estrés se asocia a alteraciones cardiovasculares, endocrinas y del sistema inmunológico, así como a problemas gastrointestinales, hipertensión y dolor persistente. Todo ello afecta al desempeño de las actividades cotidianas y aumenta la necesidad de acudir con mayor frecuencia a los servicios de salud.
Según la Confederación de Salud Mental de España, 2025, 40% de las mujeres con problemas de salud mental ha vivido violencia física o psicológica por parte de su círculo cercano. Este colectivo enfrenta mayores dificultades económicas, laborales y de acceso a recursos, como la vivienda o el empleo, lo que incrementa su vulnerabilidad y limita sus oportunidades de recuperación y autonomía. Reforzando, erróneamente, que el problema es el diagnostico de estas mujeres y no lo que han vivido, y siguen viviendo, a nivel de violencia machista e institucional.
La violencia contra las mujeres no solo daña su integridad física y emocional, sino que condiciona su salud a largo plazo, su bienestar social y su proyecto de vida. Reconocer esta relación y abordarla de forma integral y con perspectiva de género es fundamental para evitar la cronificación del daño y para avanzar hacia una atención sanitaria y social más justa, eficaz y centrada en los derechos y necesidades de las mujeres.
Es esencial brindar atención especializada, incluyendo atención psicológica, espacios de seguridad , asesoría legal, apoyo social y capacitación laboral para fomentar la autonomía y la recuperación integral.