Con el calor y el verano, llegan las fiestas mayores, los conciertos, las verbenas, las terrazas abiertas hasta tarde, las ganas de bailar, de reencontrarnos con las amigas y hacer más vida nocturna. En definitiva, llegan esos meses que deberían estar llenos de libertad. Y, sin embargo, para muchas mujeres también llega otra cosa: el cálculo constante.

¿Llevo las llaves en la mano? ¿Voy sola? ¿Le digo a alguien dónde estoy? ¿Me está siguiendo o me lo estoy imaginando? ¿Cómo le digo que no sin que se enfade? ¿A qué hora es mejor irme para casa?

Hemos normalizado e interiorizado este tipo de preguntas, y no, no son paranoias.

Los datos lo confirman. En la última Macroencuesta de Violencia contra la Mujer, que se publicó en diciembre de 2025, muestra que el 14,5% de las mujeres en España ha sufrido violencia sexual fuera del ámbito de la pareja a lo largo de su vida. Además, el 36,2% de las mujeres han sufrido acoso sexual alguna vez.

A estos datos podemos sumarle que en la mayoría de las violencias sexuales el agresor era alguien conocido por la víctima, no un desconocido que aparece en un callejón oscuro. Esto no solo cambia el mantra que escuchamos desde pequeñas de vigilar por la calle o no acercarnos a desconocidos. El agresor puede ser cualquiera de la fiesta mayor, o forma parte del grupo de amigos, o es alguien que acabas de conocer e insiste después de que hayas dicho «no» tres veces, incluso alguien a quien has sonreído y considera que ya tiene derecho a tocarte.

Cada vez que llega esta época nos bombardean con consejos como: no bebas demasiado, no vuelvas sola, vigila el vaso, manda la ubicación, lleva batería en el móvil. Y claro que todas hacemos muchas de esas cosas. Sin embargo, ninguna de esas recomendaciones evita que exista un agresor.

Todavía hay hombres que siguen creyendo que tienen derecho a invadir nuestros límites y una parte de la sociedad sigue minimizando conductas que son violencia. Por ejemplo, cuando aprovecha que estás cansada, dormida o has bebido; o cuando sus amigos se ríen mientras tú intentas apartarte. Nada de eso forma parte de la fiesta.

Muchas veces el cuerpo detecta antes que la cabeza que algo no va bien, esa incomodidad, esa sensación de que quieres salir de allí, es suficiente. No debemos demostrar a nadie nada, no debemos ser amables ni sonreír para no quedar mal. No le debemos ninguna explicación a quien se salta nuestros límites.

¿Qué podemos hacer si nos ocurre?

Antes de todo, es importante que te sientas a salvo, busca un lugar donde haya gente. Puedes acercarte a otra mujer, a un grupo de amigas o al personal de la barra, de seguridad o de la organización. Muchas fiestas mayores cuentan, por fin, con Puntos Lila o protocolos de actuación frente a las violencias machistas.

Si puedes, llama o escribe a alguien de confianza. No hace falta explicar toda la historia. Un simple «ven a buscarme» puede ser suficiente.

Y si después te sientes confundida, bloqueada o incluso piensas que quizá estás exagerando, recuerda que esa reacción también es frecuente. No todas respondemos igual ante una situación de violencia.

Nos gustaría recordar que explicarlo o acudir a un punto de ayuda no implica la obligación de denunciar.

Desde el equipo de Siemprevivas nos gustaría que algún verano dejáramos de compartir consejos de seguridad y empezáramos a compartir únicamente recomendaciones sobre qué concierto no hay que perderse o dónde hacen la mejor fiesta mayor.

Mientras tanto, seguiremos cuidándonos entre nosotras. Porque esa red salva noches, salva silencios y, muchas veces, salva vidas.

Pero ojalá llegue el momento en que cuidarnos deje de ser una obligación y vuelva a ser simplemente eso, acompañarnos para disfrutar de una noche de verano.