Las redes sociales forman parte de nuestro día a día. Son espacios donde nos informamos, nos relacionamos y participamos en conversaciones sobre la actualidad. Sin embargo, paralelamente se han convertido en espacios donde circulan discursos de odio, contribuyendo a reforzar prejuicios y estereotipos hacia determinados colectivos. Según los datos del Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (OBERAXE), durante el primer trimestre de 2026 se detectaron más de 105.000 mensajes de odio en redes sociales dirigidos principalmente contra personas del norte de África y personas musulmanas.

Cuando hablamos de mujeres musulmanas, esta realidad adquiere una dimensión específica. A las discriminaciones derivadas del racismo o la islamofobia se suman aquellas relacionadas con el género. Esta intersección ha sido definida por diferentes autoras y organizaciones como islamofobia de género. Con frecuencia, los cuerpos de las mujeres musulmanas se convierten en objeto de debate público. Su forma de vestir, sus creencias o sus prácticas religiosas son cuestionadas y analizadas desde miradas externas que, en ocasiones, reproducen estereotipos sobre sumisión, falta de autonomía o incompatibilidad cultural. Esta situación se torna especialmente visible cuando ciertos debates políticos o mediáticos ponen a las mujeres musulmanas en el centro de la discusión sin contar con sus propias voces.

La llegada del verano puede intensificar algunas de estas experiencias. Playas, piscinas, parques o fiestas populares son espacios donde muchas mujeres musulmanas ven restringido su derecho a ocupar el espacio público al verse discriminadas por el uso del hiyab, el burkini u otras formas de expresión de sus creencias. Estas situaciones no deben interpretarse de forma aislada, ya que los mensajes que se reproducen en las redes contribuyen a normalizar actitudes de rechazo que pueden trasladarse a la convivencia cotidiana. El espacio digital y el espacio público no son realidades independientes: ambos forman parte del mismo contexto social.

Las mujeres musulmanas tienen derecho a disfrutar de los espacios públicos y expresar libremente sus convicciones religiosas. Si sufres una situación de discriminación o una agresión motivada por prejuicios racistas, islamófobos o sexistas, puedes recopilar pruebas de lo sucedido, solicitar apoyo a posibles testigos y acudir a los recursos especializados existentes. Entidades antirracistas, servicios de atención a las violencias machistas y organizaciones comunitarias pueden ofrecer acompañamiento, asesoramiento y apoyo durante el proceso.

Sin embargo, la lucha contra la islamofobia de género requiere incorporar las experiencias y conocimientos de las propias mujeres musulmanas en el diseño de las respuestas sociales e institucionales. En los últimos años han surgido iniciativas impulsadas por organizaciones lideradas por personas racializadas que buscan visibilizar formas de violencia que a menudo permanecen fuera de las estadísticas oficiales. Proyectos como la investigación que está llevando a cabo Afrocolectiva sobre violencia digital hacia mujeres y personas LGTBIQ+ afrodescendientes muestran la importancia de generar conocimiento desde las propias comunidades afectadas.

Las instituciones públicas tienen la responsabilidad de garantizar derechos y combatir cualquier forma de discriminación. Pero también deben promover espacios de participación donde las mujeres musulmanas puedan intervenir en la definición de las políticas que afectan a sus vidas. Reconocerlas como sujetas de derechos supone reconocerlas como ciudadanas con capacidad de representación, propuesta e incidencia. En un contexto marcado por el aumento de los discursos de odio, avanzar hacia una sociedad más inclusiva exige escuchar a quienes viven estas discriminaciones. Porque ninguna política pública será plenamente efectiva si se construye sin la participación de las personas a las que pretende “proteger”.