Los procesos de medicalización no son neutros y se dirigen especialmente hacia las mujeres, que son las más medicalizadas a lo largo de la vida, sea por la búsqueda por la perfección en la adolescencia, el embarazo, menopausia u otros momentos clave. La medicalización abre la puerta para que el malestar sea entendido como algo tratable, desplazando otras posibles lecturas sociales y políticas del sufrimiento.

Si miramos históricamente, en el siglo XIX se construye la figura de la mujer histérica: una mujer necesitada de medicación, cuya supuesta patología se incorpora a las clasificaciones diagnósticas de la psiquiatría. Desde la antropología, esto nos permite reflexionar sobre cómo se ha construido la salud mental de las mujeres y cómo esta construcción está profundamente atravesada por el género. Detrás de los procesos de medicalización y del malestar psíquico existe, de forma estructural, desigualdad de género.

La psiquiatría poco a poco se convierte en una herramienta de control no solo de la salud mental, sino también de los comportamientos disruptivos de género. Las mujeres que no cumplían los roles asignados eran señaladas como locas o brujas y tratadas desde la psiquiatría, muchas veces sin un diagnóstico claro y elaborado por hombres. Si salimos del marco estrictamente diagnóstico y atendemos a la situación social, observamos que hay un malestar generalizado entre las mujeres que no encajan en los mandatos de género rígidos y desiguales, un malestar que no puede entenderse como individual ni como puramente patológico.

Los datos actuales refuerzan esta idea, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia a lo largo de su vida, ya sea por parte de su pareja o de una no pareja. Esto significa que estamos hablando de millones de mujeres atravesadas por experiencias de violencia que, con frecuencia, terminan siendo abordadas desde la medicalización y no de intervenciones sociales efectivas. La desigualdad de género no opera en un único eje, está presente en la violencia, en el acceso al mundo del trabajo, en el acceso al mundo educativo y, de manera muy significativa, en el reparto de los cuidados, que es uno de los grandes generadores de malestar, carga mental y de procesos de medicalización.

El mantenimiento cotidiano de la vida y de la sociedad sigue recayendo mayoritariamente sobre las mujeres. Aunque las mujeres se hayan incorporado al mercado laboral, no se ha producido un reparto equitativo de los cuidados. Esta doble o triple carga – trabajo remunerado, trabajo doméstico y cuidados – genera un malestar profundo que no se resuelve con la prescripción de fármacos.

Los datos de la Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España (EDADES) muestran que en 2020, el 22,5% de la población había consumido hipnosedantes, con o sin receta, alguna vez en la vida, alcanzando el máximo histórico. Diversos estudios identifican la desigualdad de género como un factor clave en el consumo de psicofármacos, señalando que las mujeres duplican o triplican las prevalencias de los hombres. De hecho, los psicofármacos son las únicas sustancias de abuso con mayor consumo femenino. El modelo biomédico ha intentado explicar esta diferencia recurriendo a causas biológicas, pero estas explicaciones no logran dar cuenta de las variaciones transculturales y geográficas existentes.

Resulta más coherente entender este mayor consumo como consecuencia de la desigualdad material y simbólico-cultural que atraviesa las biografías de las mujeres. Un sufrimiento psíquico producido por la discriminación, las violencias cotidianas, la sobrecarga de cuidados y el incumplimiento de los mandatos de género es recogido por un sistema sanitario que, desde una mirada androcéntrica, lo traduce en fármacos. Además, el etiquetaje psiquiátrico tiende a patologizar con mayor facilidad las actitudes socialmente consideradas femeninas que las masculinas, castigando el malestar en lugar de interrogar y reconocer sus causas.

Ante esta situación, es imprescindible una reflexión profunda sobre cómo afrontamos los problemas de salud mental y los malestares de la vida cotidiana, especialmente de las mujeres. A nivel clínico, resulta necesario revertir los actuales procesos de medicalización de la vida e incorporar de manera efectiva los determinantes sociales de la salud, evitando sesgos androcéntricos/patriarcales. Una perspectiva de género en la clasificación de síntomas y categorías diagnósticas permitiría identificar distintos malestares de género y ofrecer herramientas de intervención no patogénicas.

Sin embargo, estos cambios no pueden limitarse al ámbito sanitario. Las políticas institucionales deben actuar sobre las estructuras que producen desigualdad, acabar con la brecha salarial y la precariedad laboral, reconocer y socializar los trabajos domésticos y de cuidados, erradicar la violencia de género y promover un real empoderamiento sociopolítico de las mujeres. Esto, para empezar.