La maternidad, a menudo idealizada como un espacio de amor incondicional y plenitud, sigue siendo un terreno asumido por las mujeres asociándolo a una supuesta predisposición hacia el cuidado y la organización doméstica. Este relato forma parte de un sistema estructural patriarcal que sigue generando desigualdad en relaciones heteronormativas.

Esta realidad no solo se manifiesta en la distribución desigual de las tareas de cuidado, sino también en las expectativas sociales, el trabajo invisible de planificación o de anticipación, propiciando las jerarquías dentro del hogar. Debemos hablar de maternidad desde una perspectiva feminista, cuestionando estas estructuras para poder transformarlas.

Hablar de maternidad desde una perspectiva interseccional implica reconocer que no todas las madres cargan el mismo peso. Las madres con bajos recursos económicos, migrantes, racializadas o en situación administrativa irregular no solo reciben el machismo dentro del hogar, sino también de la violencia institucional, la precarización laboral y el racismo estructural fuera de él. En algunos casos, sostienen hogares ajenos como trabajadoras de cuidados mientras no pueden tejer sus propias redes de apoyo. Esta cadena global de cuidados evidencia que el sistema no solo es patriarcal, sino también colonial.

El machismo queda impregnado cuando la responsabilidad de la crianza recae automáticamente sobre la madre; quien es cuestionada constantemente y su identidad queda reducida al rol materno, sin embargo, esto no sucede con los padres. Estas dinámicas no solo afectan el bienestar de las mujeres, sino que también perpetúan modelos desiguales.

Desde una mirada anticolonial, debemos cuestionar el modelo hegemónico de maternidad que se ha impuesto como universal. Este modelo, ha sido construido desde unos parámetros occidentales, blancos y de clase media, deslegitimado otras formas de crianza más colectivas, comunitarias y sostenidas por redes de apoyo. La imposición de la maternidad como responsabilidad individual no solo aísla, también rompe tejidos comunitarios y refuerza la dependencia dentro del núcleo familiar, donde las relaciones de poder pueden desencadenarse con más impunidad.

Frente a esta maquinaria, maternar puede convertirse en un acto de resistencia, resistir implica politizar la experiencia, romper con la culpa, señalar las violencias (por pequeñas que parezcan) y construir alianzas más allá del hogar.

Porque mientras el cuidado siga siendo una obligación para las mujeres y siga estando desigualmente repartida, no callaremos.

Repensar la maternidad desde una perspectiva interseccional, de género y anticolonial no solo beneficia a las mujeres, sino que contribuye a imaginar hogares, familias y sociedades más diversas, más justas y donde el cuidado deje de ser una carga invisibilizada, para ser una responsabilidad compartida y reconocida.