Cuando hablamos de las relaciones sexoafectivas dentro del colectivo LGTBI+, creemos que éstas están fuera de las dinámicas machistas, dando por supuesto que son más sanas, que existen más cuidados o son más horizontales que las relaciones heterosexuales. Como si el hecho de no ser una pareja heterosexual equivaliera a romper con las violencias aprendidas. El machismo está tan dentro del sistema político, cultural y afectivo que nos atraviesa a todas, moldeando nuestros deseos, vínculos y formas de relacionarnos o ejercer poder sobre otras personas, sean del género que sean. Nadie crece completamente fuera de este aprendizaje, tampoco las personas del colectivo.

Debemos aceptar que el machismo no es solamente algo que realiza un hombre cis heterosexual, el machismo sigue presente en todas cuando aparecen actitudes como el control, la posesividad, la manipulación emocional, la invalidación, la reproducción de los roles clásicos, entre otros comportamientos, atravesando a toda la sociedad.

Investigaciones recientes sobre violencia en parejas LGBTIQ+ muestran precisamente eso: las actitudes de control, aislamiento, manipulación emocional o violencia psicológica también aparecen en relaciones no heterosexuales, aunque a veces adopten formas distintas o menos reconocidas socialmente. Esa romantización puede invisibilizar situaciones de abuso.

Además, el heteropatriarcado también construye roles dentro de las relaciones queer. Muchas veces aparecen prácticas relacionadas con la masculinidad tóxica: quién ocupa más espacio, quién decide, quién controla emocional o económicamente, quién ejerce celos como forma de posesión, entre otras.

Debemos entender que estas violencias no aparecen “porque las personas LGTBI+ sean violentas”, sino porque todas las personas hemos sido socializadas en una cultura que normaliza la coerción, los celos y la posesión amorosa. El amor romántico sigue enseñándonos que querer es necesitar, vigilar o tener exclusividad emocional absoluta.

Esta idea romántica de que “el amor lo puede todo” normaliza el conflicto y supera todos los obstáculos, incluida cualquier forma de violencia. Hace que veamos legitimados comportamientos peligrosos relacionados con la necesidad de volcarnos en la otra persona, aunque sea de manera abusiva.

Igualmente, este tipo de violencia es particularmente difícil de reconocer ya que a menudo nosotras mismas asumimos que por mantener una relación queer no se pueden aplicar formas similares de abuso. Sin embargo, todas hemos sido formadas dentro del mismo sistema que nos ha hecho interiorizar muchos de estos patrones abusivos y de manipulación en las relaciones. De esta manera, reproducimos estas estructuras sin pararnos a analizar que esta posibilidad existe también para nosotras.

Desde una mirada queer y transfeminista, el reto no es construir relaciones “perfectas”, sino vínculos conscientes, críticos y responsables. Eso implica dejar de pensar las violencias solo desde categorías rígidas de víctima y agresor, y empezar a preguntarnos cómo reproducimos privilegios, silencios o mecanismos de dominación aprendidos.

Legalmente, en Catalunya, el año pasado se aprobó la Llei 13/2025 dels drets de les persones LGBTI i l’erradicació de la LGBTI-fòbia donde se reconoce explícitamente la violencia en el ámbito de la pareja dentro de las personas del colectivo. Esto implica un avance importante en el reconocimiento institucional, el acceso a servicios especializados, medidas de atención y reparación. Aun y así no se equiparará con la ley de violencia de género de 2004, dejando fuera de los juzgados y mecanismos específicos reservados a la violencia dentro de la pareja del colectivo. A nivel estatal no existe una reforma de la ley para incluir a las parejas LGTBI+.

Desde Siemprevivas apostamos por una educación sexoafectiva que incluya lo queer y transfeminista; que no se limite a “tolerar la diversidad”, sino que enseñe a cuestionar el poder, los roles de género y las dinámicas de control.

Las relaciones dentro del colectivo no tienen por qué copiar el modelo heteronormativo, sin embargo, para imaginar otras formas de vincularnos, primero necesitamos reconocer cuánto de ese sistema sigue habitando en nuestros afectos.

Para poder hacer frente a este tipo de violencias necesitamos entender que vienen de los esquemas aprendidos en sociedad y tratar de captar con cuales convivimos en el día a día en nuestros propios comportamientos y pensamientos. De esta manera, poder reeducarnos en una forma de crear vínculos más conscientes y comunicativos, entendernos mejor a nosotras mismas para que esto se refleje en cómo tratamos a los demás.

Tenemos una responsabilidad colectiva en la forma en que nos vinculamos que pasa por desaprender todas las ideas problemáticas que ya hemos nombrado. Solo desde una revisión constante de nuestros comportamientos y una comunicación más consciente podremos construir relaciones más cuidadas y libres de violencia. Nombrar estas violencias dentro de los espacios LGTBI+ no nos expone, sino que nos permite imaginar vínculos más libres, más cuidados y transformadores.